Paola Holguín luce desorientada. En sus ojos no hay más que lágrimas contenidas, que amenazan con rodar de nuevo sobre un par de párpados ya hinchados.
—Gracias, doc —responde la senadora y precandidata del Centro Democrático, en un tono más bajo del habitual, al pésame de un periodista que zigzaguea entre la prudencia y la necesidad de publicar.
Pero en la desorientación de Holguín hay mucho de cordura. Es un cuerpo en el que el instinto demanda ahorro de energía para permanecer más tiempo plantada sobre el tapiz rojo que recubre el Salón Elíptico de la Cámara. Allí es velado su copartidario, y hasta hace poco rival en la puja interna del uribismo por escoger candidato presidencial, Miguel Uribe Turbay.
“Está muy afectada. Le ha dado muy duro”, dice sobre su semblante el representante Juan Espinal, su mano derecha y fórmula electoral. “Es que esto es muy bravo. A ustedes, que están jóvenes, no les había tocado una cosa así”, agrega, recostado en la barandilla que antecede la salida del recinto, con un tono de papá que sabe más.
En el Congreso le llaman “cámara ardiente”, pero lo que allí ocurre cuando cae la tarde del martes 12 de agosto no es más que un velorio. Uno atípico, por la violencia y los roles que antecedieron la vida del difunto, y por la estirpe de la que provenía. “Ah, ¡es cierto que tú también te graduaste de Los Nogales!”, le dice una mujer mayor a un joven treintón que se acomoda el pelo y luego el puño del traje. “Sí, sí, como Miguel”, responde él.
Los asientos en los que debaten los representantes se convierten en la locación para despedir a Miguel, pero también para reunir a la alta sociedad bogotana. Alrededor del luto y la tristeza, sí, pero también de cierto postureo porque en el balconcillo del recinto está la prensa, y las cámaras nunca se apagan. “Yo a ninguno de estos blancos lo conozco. Mi papá que era un agricultor, hombre”, dice el representante uribista John Jairo Berrío.
Berrío reconoce que Holguín es una de las más afectadas por lo que ocurre, pero muy rápido evacúa el tema y afirma que el presidente Petro no va a descansar hasta acabar con la oposición. “Vio lo del atentado contra ‘Fico’ en Medellín. Definitivamente van por todo”, sostiene. “¿Le ha puesto cuidado al proceso en la Fiscalía contra el gober Rendón? Échele ojo, lo quieren joder a como dé lugar”.
El representante reconoce que no tiene las pruebas de la supuesta injerencia de Petro en el atentado. Simplemente recorre el camino de parte de sus copartidarios que han pasado de adjudicarle la responsabilidad política al presidente, por su discurso polarizante, a insinuar una supuesta responsabilidad intelectual. “Es que el primero que tiene que bajar el tono es él”, reclama más temprano Espinal.
Mientras los ciudadanos alejados del poder se conforman con desfilar alrededor del ataúd del difunto durante un par de minutos, quienes están luego de la primera línea de asientos del Salón Elíptico tienen el chance de abrazar a María Claudia Tarazona, la esposa del exsenador, y a su papá, Miguel Uribe Londoño. Ellos agradecen las condolencias, y se quiebran cada tanto.
El dolor no solo viene por cuenta de María Claudia y Miguel papá. El miércoles 13, Alejandro Uribe Tarazona correteará de un lado a otro con rosas blancas en la Catedral Primada, sin entender muy bien lo que ocurre. En su pelo rubio los asistentes más viejos verán con nudos en la garganta al Miguel Uribe que enviaba besos a su mamá en el noticiero Criptón, cuando estaba secuestrada por el Cartel de Medellín.
Pero el expresidente Uribe hace de telonero en cada una de estas escenas.
“En esta hora de dolor aumenta mi tormento ver en la pantalla de la distancia la hipocresía de Santos que devolvió el país a los criminales”, se lamenta desde Rionegro, mientras asiste a la despedida de su pupilo a través de YouTube. Y como si eso no fuera suficiente, presencia, desde la prisión domiciliaria que podría durar 12 años en caso de que el Tribunal Superior de Bogotá así lo confirme, cómo su enemigo político sí puede despedirlo.
“No llore por Miguel que usted también es culpable”, escribe por la visita de Juan Manuel Santos a la Cámara. Las palabras de Uribe salen de su boca con furia pero nadie lo ve. Tiene que resignarse a escribirlas en X. También el mensaje que al otro día leerá Gabriel Vallejo, el expresidente del partido, en las honras del Congreso al exsenador. “Sacrificaron al árbol fresco del jardín de la democracia”, mandará a decir Uribe desde su finca y ahora prisión.
Pero esto ocurre en los velorios. Los enemigos en ocasiones se reencuentran, y las familias posan como si adentro no hubiera peleas. Sobre esos rasguños de convivencia doméstica, y por la coyuntura política que se perfila mientras el Congreso cesa actividades para despedir a Miguel, corren en paralelo los rumores por los pasillos de la Cámara.
“Yo me la llevo bien con la familia, pero María Claudia es difícil. Por algo hay tensiones allá”, dice un congresista uribista, que pide la reserva para comentar. “Pregunte si María Carolina, la hermana, no está molesta con ella por su puesta en escena durante todo esto. Con su look a lo María Corina, y el cuento de que Miguel estaba mejorando, nos mintieron a nosotros y al país”. Por teléfono, Camilo Rojas, asesor político cercano a la familia, desvirtúa el escenario de fricción, y dice que lo máximo que ha pasado es que “las dos quieran organizar la misma misa”.
Pero el congresista también pone en palabras lo que ha sido vox pop en el país desde hace dos meses, cuando atentaron contra Miguel. Habla de la posibilidad de que sea María Claudia quien recoja sus banderas de cara a las elecciones del año entrante, y de “una estrategia vedada para implosionar el partido” a través de Lester Toledo, el venezolano coequipero de Leopoldo López y estratega en los inicios de Nayib Bukele.
Toledo, de hecho, es la sombra de la familia Uribe Turbay durante cada segundo del adiós a Miguel. Les habla al oído a Miguel papá, a María Claudia y hasta a su camarógrafo para que pesque el plano perfecto de cada intervención pública. “Miguel papá dice que se han vuelto muy amigos. No sé más”, dice Rojas. Pero el congresista que pide la reserva insiste en su versión: “Esa siempre fue la estrategia. Que Miguel se creyera el cuento de que podía ganarles a los otros precandidatos para después llevárselo a una consulta con Simón Gaviria y David Luna, y despedazarnos”.
Incluso va más allá: “Ahora Miguel papá quiere violar el acuerdo que el expresidente hizo con él, y está pidiendo reemplazo para su hijo”.
La fuente toca la movida de poder más importante que se teje en paralelo al dolor y la ira. Porque la receta del uribismo para encarar el luto, aunque espontánea, cuenta con un ingrediente más: la estrategia. Algunos saben que hay que evacuar pronto las lágrimas por la partida de Miguel y encarar el juego rápido para evitar que se evapore “el momento de efervescencia y calor”, dice un político uribista, que también pide el off the record.
Afuera, la tarde del martes 12 ya murió y en el Salón Elíptico quedan solo los empleados del Congreso que limpian apurados por la Jefa de Protocolo el desorden que ha dejado a su paso el primer día de velorio. Los cuadros del Ejército entrenan con un ataúd falso en los corredores los honores para el día siguiente.
En ese espacio más privado el político uribista abre la conversación incómoda que su partido se resiste a dar en público. Gira alrededor de lo que parece una ruptura de algo pactado: el acuerdo de Llanogrande. Fue el mayor avance en medio de la parálisis que generó el atentado en este sector y lo han confirmado en medios los propios precandidatos.
El acuerdo era sacar a un candidato vía encuesta en noviembre y esperar a Miguel hasta marzo del año entrante, para que, en caso de que se levantara del coma, fuera quien asumiera los logos del partido. El mismo trato, según el congresista que pide no ser citado, lo hizo el expresidente con Miguel papá, antes de que se conociera el fallo en su contra: “El acuerdo consistía en tiempo, no en reemplazar a su hijo en el mecanismo del partido, como ahora está pidiendo”.
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Con la pérdida de su hijo, Miguel papá ha revivido el dolor que vivió cuando mataron a su esposa. La tragedia que lo convirtió en papá y mamá. Pero la nueva tragedia también ha revitalizado el brío político que lo llevó al Concejo de Bogotá y al Senado en sus años mozos. Lo exhibió en dos discursos que lo han puesto al frente de la conversación y la estrategia. Ambos el miércoles 13, el primero en la Cámara y el segundo en la Catedral Primada.
“La verdad, es que ese gusto nunca se le ha ido”, dice el político uribista que pide la reserva. “Aunque con María Claudia son un dúo dinámico, es él quien da línea en lo que queda de esa campaña y el pedido de que haya un nuevo precandidato, que asuma las banderas de Miguel, tiene todo el sentido”.
Lo tiene porque, dice, “las campañas de Cabal y Paloma Valencia perdieron aún más impulso con el atentado porque entraron en el congelador. El único que hizo campaña fue Miguel, así estuviera postrado en una cama”. Y las encuestas lo notaron. Antes de la veda, en una de Guarumo, el senador en coma ganó en intención de voto.
La campaña, jalonada por Toledo y Miguel papá, no solo ha estado activa con los pronunciamientos de María Claudia, que para la fuente “asumió muy bien su performance desde que comenzó a pronunciarse en la clínica Santa Fe”. También se repartieron miles de volantes en todas las ciudades del país, alentando su recuperación. “Y porque los quintetos juegan bien”, bromea sobre la necesidad de que el partido tenga a un quinto precandidato, que juegue con las mismas reglas de Llanogrande.
La militancia luce reconciliada con esa idea. Y de hecho la promueve. Desde Medellín, Alberto Rendón, quien por los achaques cardiovasculares prefiere no acompañar el último adiós de Miguel, candidatura que impulsaba con José Obdulio Gaviria, dice que se necesita que entre un quinto a dinamizar el proceso del partido, que sin duda está adormecido. Sin el expresidente, será un reto para sus pollitos llenar en los foros regionales que venían adelantando como estrategia para calentar a sus posibles votantes.
“Juan Carlos Pinzón —exministro de Defensa de Santos— nos gusta mucho, pero genera resistencias. Él tiene todo el perfil, pero le pesa su pasado”, dice Rendón, quien titubea si se deja citar o no, por el aprieto que generará esta discusión en el partido, pero luego tiene un pequeño ataque de osadía.
El político que pide la reserva amplía la lectura, cuando ya no quedan ni militares a las afueras del Salón Elíptico.
“Es un Miguel Uribe madurado. Póngase a pensarlo. Hasta tenían el mismo peinado. Aquí podríamos tragarnos ese sapo”. En la baraja, en caso de que no cuaje la propuesta de que entre alguien de afuera, suenan los representantes Andrés Forero y Hernán Cadavid. “Gaviria era representante cuando le entregaron las banderas de Galán. No veo por qué pueda pasar”, dice Rendón.
En Cartagena, en el congreso de empresarios de la Andi la noche, Pinzón camina por los corredores estrechando manos de empresarios. “No hay una invitación oficial”, dice escuetamente sobre los cantos de sirena desde una facción del uribismo. Deja la contrapregunta de si aceptaría en el aire, mientras avanza por el centro de convenciones. Una persona cercana a él confirma, pidiendo omitir su nombre, que las conversaciones con Uribe ajustan semanas.
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En la mañana del miércoles 13 nadie habla de política. La atención está puesta en el entierro de Miguel. En lograr apretujarse lo suficiente para ingresar por las tres puertas de la Catedral, ante la amenaza de cierre, luego de que terminan los honores en el Congreso.
Por allí pasan, igual de apretujados, familiares de Miguel, uribistas, caras del resto de la derecha, del centro y menos de la izquierda. Expresidentes y delegados del gobierno gringo, que ha hecho notar su enorme interés en el suceso a través de su embajador encargado. Otra vez, Santos presente y el expresidente Uribe en diferido. Y Petro también fuera de cuadro, por la decisión de la familia de no aceptar su presencia.
Cuando el rito católico termina, bajo la cúpula de 52 metros de la Catedral, rodeado por María Claudia y sus nietos, frente al ataúd de su hijo y ante una grúa de televisión que asciende para poncharlo y que millones de colombianos no pierdan detalle alguno del momento para la historia que se escribe, Miguel papá pronuncia su segundo discurso.
Y entre muchas cosas, dice, en referencia a las elecciones del 26: “Convoco a defender la democracia. Que los colombianos tengan claro cuál será el encargado de continuar con el legado de mi hijo”. No da nombre, pero deja en el aire la idea de que alguien recibirá el guiño del que se habla en todos los círculos políticos.
Lo que no está claro es si el sucesor será uno de los cuatro del Centro Democrático. La angustia de que no sea la exterioriza a su estilo María Fernanda Cabal. También desde Cartagena, donde la campaña tendrá su primer tiempo luego del entierro, anuncia este jueves 14 que nadie entrará al mecanismo del partido. Es un portazo a Pinzón lanzado de frente, con fuerza. Han sido varias las ocasiones que un depredador ha venido de afuera, a quedarse con la bendición del partido, y esta vez no está dispuesta.
“Aquí no puede entrar nadie que no haya estado en el proceso que viene desde hace más de un año. Aquí no pueden entrar santistas, ni travestis de la política, ni camuflados porque ya fue suficiente”, dice sin que aún esté claro si sienta una posición oficial del partido, de los candidatos, o pactada con Álvaro Uribe. El acuerdo de Llanogrande seguirá intacto, es su mensaje, y no habrá una alianza hasta que lleguen las interpartidistas de marzo.
“Hoy, la sustancia de poder en el uribismo está dividida en dos”, agrega el político uribista que pide la reserva. “Una parte la tiene la familia de Miguel y otra la tiene el partido. Habrá que ver si se unirán o terminarán siendo competencia”. Pero Rojas, la voz cercana a la familia, también proyecta: “No creo que él vaya a maltratar al expresidente, porque se comportó muy bien”.
El desenlace está abierto. No hay que olvidar que los cuatro precandidatos que quedan chocaron con Miguel hasta condenarlo al ostracismo porque sentían amenazado su legado por cuenta de un recién llegado. “Miguel papá, y ahí al ladito María Claudia, tendrán la última palabra. Habrá que ver si se reconcilian con eso, pero no tienen mucho tiempo”, sentencia el político uribista, que sale a almorzar apurado cuando en la Catedral no queda un alma en la Catedral porque ahora el cuerpo de Uribe viaja hacia el Cementerio Central.
Era miércoles 13. Y todavía no se proyectaba el anuncio de Cabal.
TOMADO DE: notiantioquia.com


Guardia presidencial conduce el cuerpo de Miguel Uribe de la Plaza de Bolívar al Cementerio Central. Foto: Cortesía